Un corredor angosto parecía acelerar a todos. Marta colocó una vela de lima y verbena dentro de un vaso lechoso, frente a un espejo pequeño. La vibración cálida ralentizó el paso y, de pronto, llegar a casa empezó a sentirse como aterrizar suavemente.
Cansados del brillo azul nocturno, apagaron pantallas una hora antes y encendieron bergamota con lavanda en recipientes bajos. Leían dos páginas, conversaban cinco minutos y respiraban juntos. Con el tiempo, el sueño llegó antes y las mañanas amanecieron menos ásperas y más claras.
Un menú sencillo se elevó con canela suave, piel de limón y madera tostada en mecha de madera. La mesa se volvió isla de tiempo lento. Invitados tímidos se soltaron; la conversación tomó ritmo propio, sostenida por la penumbra amable y el aroma.